Cuentos infantiles: Aviones y barcos de papel

Cuentos infanties l: Aviones y barcos de papel

Había muchas cosas que no sabía hacer Javier del todo bien, pero él… continuamente lo intentaba, ponía todo su empeño cada día cuando estaba en clase, cuando hacia los deberes, incluso cuando sus padres veían el noticiario de medio día.

Sin embargo las letras se le cruzaban para engañarle, y confundía las… M con las… B. Javier no le cogía el truco, si es que existía alguno para no confundirlas.

cuentos infantiles

Una tarde desesperado agarró su libro de cuentos, un cuaderno y un bolígrafo y salió de casa enfurruñado.

Tomó el camino de tierra que llevaba al antiguo lavadero, y debajo del peral que no era de nadie, pero del cual todos comían sus peras, se sentó.

Abrió el libro de cuentos y lo volvió a intentar, pero las… M y las… B seguían confundiéndole, volviéndole medio loco.

–          ¡Que rabia! ¡que rabia! No lo conseguiré

Decía cada vez más enfadado, cada vez más desesperado. Y cuando más rabioso estaba, el pastor más viejo del pueblo, por culpa de sus gritos enfadados, le vio mientras daba su paseo.

–          ¿Qué te pasa Javier?

Le preguntó revolviéndole el pelo con los dedos, como haciéndole un nido de pájaros sobre la cabeza.

–          ¡Me confundo…! ¡no lo aprendo!

–          ¿El qué no aprendes Javier?

–          No consigo leer, confundo las letras por más que lo intento no lo consigo

–          ¿Quieres que te ayude? ¿quiere que te enseñé yo a leer?

–          ¡pero si eres un simple pastor!

–          Y que tiene eso que ver, acaso por ser pastor no puedo saber leer, tu eres un niño aún y no sabes muchas cosas, pero los pastores sabemos leer ¿sabes el tiempo que pasa uno solo cuando se sale con las ovejas?

–          ¡No!

–          Pues es mucho, es tanto tiempo, que se puede uno aburrir de estar solo

–          Y… ¿cómo me enseñaras?

–          Tengo una técnica infalible, pero solo te la enseñaré si aceptas mi ayuda

Javier se quedó callado pensando que decidir, pero Pedro el pastor se sentó sobre una piedra y esperó que lo decidiera. Callados en silencio estaban apostados en el camino que llevaba al antiguo lavadero.

Pedro movía algunas hojas con la punta de su bastón jugando con la tierra del camino, y Javier se puso a mirar distraído una vez más su libro de cuentos. Así callados pasaron una docena de minutos, que parecieron  interminables. Pero Javier quería superar ese inconveniente, él quería leer, saber que sucedía en aquellos cuentos que estaba arto de ojear inventándose su contenido.

-¡Esta bien! ¿Qué puedo perder?

-No vas a perder nada, porque para empezar ya has tomado una buena decisión

-Eso espero, ahora… ¿me enseñaras esa técnica?

-Hoy… no ya es tarde, mañana por la tarde te espero aquí, y tráete eso mismo que te has traído hoy.

-¿El libro?

-¡No el libro…no! El cuaderno y los colores

-¿Es que vamos a dibujar?

-Todo a su tiempo… todo a su tiempo

Ambos se despidieron; y mientras llegaba la hora de esa cita Javier pensó y mucho,  montones de ideas daban vueltas en su cabeza, intentando imaginar ese método infalible. Lo pensó antes de dormirse aquella noche,  también cuando se cepillaba los dientes por la mañana, antes de ir a clase, cuando corría junto con sus compañeros en la hora de gimnasia. Aquel método desconocido giraba y giraba en su cabeza como una incógnita no resuelta.

Así que según pasaban las horas él se impacientaba por conocer aquello que le iban a enseñar. Hasta un profesor privado habían contratado sus padres para ayudarle,  pero no obtenían ningún avance significativo.

Casi una hora antes llegó Javier a su cita, como si la curiosidad hubiese atrasado el reloj y fuese a llegar tarde.

Y eso es lo que pareció, puesto que aún saliendo con una antelación asombrosa, cuando llegó al lugar de la cita, se encontró que Pedro ya le estaba esperando; sentado en la misma piedra, haciendo dibujos en la arena con la punta del bastón medio aburrido.

Como no sabía si se había confundido con la hora, pidió perdón para que no se molestase.

-¡Perdón! No quería llegar tarde

-Pero si no llegas tarde, eres tan aplicado que llegas demasiado pronto ¿Qué harían tus profesores si todos sus alumnos llegasen con una hora de antelación a su clase?

-¡No lo sé! Eso nunca sucede

-Pues yo ahora hago de profesor, y mi alumno llega con antelación

Javier no se había confundido de hora, y a ambos les pareció tan ridícula la situación que comenzaron a reír, porque les hizo gracia todo aquello de que los dos llegasen antes.  Luego la impaciencia se convirtió en pregunta.

-¿Hoy me lo vas a enseñar tío Pedro?

-Hoy vamos a hacer papiroflexia

-¿Papiro… qué?

-Hoy vamos a hacer aviones de papel

-Y… ¿Con eso voy a aprender las letras?

-No es cuestión de aprenderlas, es cuestión de jugar con ellas. Veras… vamos a ir al puente del cerro, y cuando lleguemos te lo enseño.

Se pusieron a caminar ni muy deprisa, ni muy despacio, ya que el tío Pedro era todo un experto en eso de caminar, y aunque estaba mayor por culpa de su larga edad, andar… lo que se dice andar, andaba como un chaval.

Por el camino le fue contando como era eso de ser pastor, como comenzó aun siendo un niño muy pequeño, como echaba de menos a su madre cuando llovía o hacía mucho frío, y Javier le escuchaba muy atento porque le parecía una historia interesantísima.

Así… hablando, casi sin darse cuenta llegaron al puente del cerro. Pedro miró a Javier y le invitó a seguirle hasta el centro del puente, y luego le preguntó.

-¿Qué letra prefieres la… M o la B?

-¡Me da igual! Confundo las dos

-Bueno pues entonces… coge una hoja de papel, dibuja una B muy grande en el centro

-La confundiré veras como dibujo la M queriendo hacer la B

-Bueno… bueno, tú dibújala

Y efectivamente Javier dibujo una… M grandísima en el centro de la hoja, luego se la mostró a Pedro.

-Veo que has dibujado una M perfecta

-¡Lo ves…! Me he vuelto a confundir

-No te has confundido, simplemente has cambiado el orden, ahora haremos con esta hoja un avión, y lo volaremos

-¿Así aprenderé las letras?

-Ya verás como sí, de momento vamos a hacer ese avión, veamos cómo sale y como planea por debajo del puente.

Toda la tarde se tiró Javier con Pedro dibujando… M y echándolas a volar, unas volaban más alto, otras incluso llegaron a dar varios giros  en forma de piruetas, dibuja otra…. M le decía Pedro, y muy deprisa Javier la dibujaba en la hoja para que volase otro avión.

Cuando llegó la hora de irse Pedro le mandó a Javier una misión muy importante, le pidió que trajera recortadas todas las… M que pudiera, que las sacara de periódicos viejos, de revistas antiguas, o de folletos publicitarios.

Y así lo hizo, recorto para aquella misión un buen monte de… M de todos los tipos, unas grandes, otras pequeñas, unas azules, otras rojas, llegó a reunir una colección tan grande que las tuvo que llevar al día siguiente en una bolsa.

Para cuando llegó la hora de reunirse, Pedro lo tenía todo pensado, se fueron al mismo puente, esta vez él había traído un montón de papeles que no iba a necesitar, y en cada uno pegaban una letra, y cada uno de ellos se trasformó en un avión volador.

Sin darse cuenta Javier distinguía la… M perfectamente, porque cada vez que la pegaba decían los dos en alto… “¡que vuele la M… que vuele muy alto!”

Luego usaron la misma técnica con la… B, pero en vez de aviones de papel, hicieron barcos, y se fueron al rio a botarlos para que llegaran todas al mar.

Y está es la técnica que usó Javier para distinguir las… M y las B, ahora ya no tiene problemas con las letras, lee estupendamente y escribe unos cuentos con ellas que a toda la clase entretiene.

Sus padres dieron las gracias al viejo pastor por la labor tan maravillosa que había hecho con Javier.

Ahora ya no quedaban juntos para aprender a leer, ahora quedaban para leer juntos, y contarse historias fabulosas. Incluso cuando llegó el frio invierno, Pedro se acercaba a casa de Javier y compartían unos cacaos calientes con cuentos de colores.

Estrella Montenegro

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