Cuento infantil: Vacaciones sin juguetes

Cuento infantil: Vacaciones sin juguetes

Cuando el padre de Cristina, Pedro y Julia se quedó sin trabajo, tuvo la gran idea de abrir una panadería en el barrio. Y no le iba del todo mal, de hecho tenía tantas cosas que hacer, que incluso su madre se puso a trabajar en ella.

Por este motivo sus padres tuvieron que plantearse que podrían hacer cuando el colegio finalizara, y les dieran las vacaciones de verano.

Tras pensárselo mucho decidieron hablar con la tía abuela de la madre, que vivía cerca de la playa, en una casa de campo. La tía abuela Carmela no había tenido hijos, por lo tanto tampoco tenía nietos, y cuando hablaron con ella, accedió encantada a que los hijos de su sobrina le hicieran compañía durante el verano.

Al día siguiente de acabar las clases cogieron un tren para ir a la casa de su tía abuela, para no hacer el viaje demasiado cargado, su madre decidió llevar simplemente las maletas, y un solo juguete cada uno.

Julia de tres años escogió su hipopótamo de trapo, Cristina de nueve años se llevó un libro y Pedro de seis su videoconsola.

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Pero esto no les preocupaba mucho, estaban más preocupados por cómo sería la convivencia con Carmela, si era quisquillosa, si le gustaban los niños. No conocían nada sobre ella, y a la vez pensaban que su tía abuela tampoco les conocía mucho.

Sin embargo Carmela les conocía estupendamente y estaba deseando pasar esos días junto a ellos.

Un vecino de Carmela se ofreció a acompañarla a la estación para ir a buscarlos. Cuando llegaron en el andén vieron a una mujer gruesa con un gran vestido de flores, tan llamativo que aunque había más personas en él, su tía abuela Clara llamaba la atención sobre todas las personas. Además era algo escandalosa porque nada más bajaron del vagón, comenzó a gritarles mientras agitaba un pañuelo con el brazo levantado.

Los tres se miraron, pero solo Cristina y Pedro bajaron la cabeza a modo de vergüenza, Julia la más pequeña agarraba a su madre de la mano sin soltarse.

-¡Yuhu….yuhu…..! Vuestra tía Carmela esta aquí pequeñines.

Gritaba y gritaba con el pañuelo en la mano. Su madre cogió a Julia en brazos, agarró la troley en la que llevaban su ropa y fue a su encuentro.

Hablaron y hablaron durante el trayecto a la casa; en un momento dado aquel hombre que conducía tomó un camino de tierra, los baches y vaivenes eran tantos que parecía que estaban en una atracción de feria.

Al final de aquel camino una casona vieja concluía  aquel viaje. Entraron en ella… su olor era peculiar, toda la casa olía a manzanas asadas, y el mobiliario era tan antiguo que era difícil de encontrar en cualquier casa de la ciudad donde ellos vivian.

Su tía abuela Carmela les puso de cenar nada más llegar, algo de fiambre y un buen vaso de leche. Luego enseñó a su madre la habitación donde iban a dormir todo el verano.

Tenían que subir todas las escaleras hasta la tercera planta, allí una enorme habitación conformaba el ático, había seis ventanas alargadas y pequeñas en la  estrecha pared que la rodeaba, y al lado de ellas pegadas a cada una de las paredes colocó sus camas, así que dormirían en la mima habitación, pero lejos unos de otros, tan solo en el centro existía una pared con altura suficiente, esta protegía la bajada de las escaleras,  estaba  vestida con un armario de tres puertas y un baúl antiquísimo, el centro de la habitación era enorme y estaba decorado con una alfombra tan enorme como era el sitio, estaba hecha de trozos de telas diferentes, que las recicló para confeccionarla. Su tía abuela Carmela contó que la hizo en tres inviernos, que no sabía que iba a hacer con esa alfombra tan grande, hasta que llamaron para pedirla que se quedara con los niños, entonces la sacó del trastero, como también sacó las camas, limpió y enceró todo el desván, convirtiéndolo en un ático para que sus sobrinos pudieran pasar el verano en un sitio con encanto como ella decía.

Su madre para que no se sintieran extraños aquella primera noche durmió con ellos, compartiendo la cama con su hermana pequeña.

Por la mañana se despertaron todos juntos, bajaron a la cocina y desayunaron bizcocho recién hecho y leche fresca, luego su madre se despidió y les dejó solos, tenía que volver con su padre, que se había quedado solo cuidando de la panadería.

Se quedaron allí sentados en la mesa de la cocina, sin saber muy bien que era lo que podían o no hacer. Pero su tía abuela baño y vistió a Julia, y les dijo que ellos hicieran lo mismo, pero que se pusieran ropa cómoda, les dijo… con  unos pantalones cortos, una camisita y unas sandalias será suficiente.

Y así lo hicieron, luego volvieron a la cocina donde ella les esperaba y la miraron para que les diera las siguientes instrucciones.

-Que hacéis ahí parados como pasmarotes… ¿no queréis ver todos los animales que tengo?

-¿Tienes animales? – preguntó Pedro

-¡Pues claro! Tengo un perro que se llama Sultán, cuida de las gallinas, aunque Corsario mi gallo tiene siempre el gallinero controlado, también tengo gatos, tres patos, una oca, dos cabras, y tres vacas. ¿Queréis acompañarme a recoger los huevos que han puesto?

Los tres dijeron que sí, durante toda la mañana estuvieron liados de aquí para allá, Pedro incluso intentó ordeñar a una vaca. Luego comieron, durmieron una gran siesta, por la tarde ayudaron a regar el huerto, los árboles frutales, recogieron fruta, verduras, e hicieron un motón de cosas nuevas.

Durante los primeros días estuvieron muy entretenidos porque ayudar a su tía abuela Carmela era súper divertido, pero una tarde Carmela apareció con una bolsa llena de botes y envases de plástico, y les dijo que iban a hacer juguetes con ellos, que los tenían que hacer muy pero que muy bien, porque luego los llevarían a una asociación para venderlos y recaudar fondos para otros niños que no tenían recursos.

La mesa de la cocina se trasformo en un taller de juguetería, e hicieron coches, cohetes de todos los tamaños, los pintaron y decoraron, hasta Julia hizo sus juguetes. Incluso se quedaron con algunos para ellos. Luego vino una chica joven a recogerlos, les dijo que les habían quedado estupendamente, que porque no hacían más con otros recipientes.

Y así hicieron, aquel verano sin juguetes se convirtió en un verano lleno de sensaciones estupendas, de vivencias únicas y cada cual más divertida, aquella alfombra termino llena de juguetes increíbles, donde jugaban y jugaban cuando estaban cansados de ayudar a su tía abuela con las labores cotidianas. Tenían hasta una nave espacial que se hicieron con una caja del embalaje de un frigorífico.

Tan bien se lo pasaron que decidieron pasar más temporadas con su tía abuela, por otro lado Carmela les dijo que no les quitaría su dormitorio por nada del mundo, que podrían venir tantas veces como lo deseasen, que allí tenían su casa.

Y fueron muchos veranos, muchas primaveras y muchos inviernos, y todos y cada uno de ellos fueron inolvidables.

Estrella Montenegro

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