Cuento infantil: ¿Quién me gana? Capítulo I Nudos marineros

Cuento infantil: ¿Quién me gana? Capítulo I Nudos marineros

Tengo once años, me llamo Ramiro y os voy a contar lo que me sucedió este verano pasado…

Así comenzaba nuestro amigo Ramiro su lectura en voz alta, de aquella redacción que su profesora de lengua les había mandado hacer.

Cuento infantilMuchos de sus compañeros no le prestaban la más mínima atención, porque simplemente pensaban que aquella seria otra historia más de veraneo con la familia, aburrida e igual a las demás.

Sin embargo poco a poco y uno a uno, fueron prestando atención. Porque Ramiro si tenía algo muy diferente que contar, algo especial  a que muy pocos les sucede.

No sé muy bien en que momento aquel niño de pecas por doquier, presumido y engreído comenzó a retarnos por cualquier cosa.

Los campamentos de verano suelen ser o muy aburridos, o locamente divertidos. Yo he estado en unos y otros, pero este en el que me había tocado estar este verano, para que mis padres pudieran trabajar sin agobios, era un campamento de los más raros que he conocido.

Para empezar no nos asignaron cabañas, fuimos nosotros los que primero curioseamos para luego decidir dónde íbamos a quedarnos a dormir esa noche. Y digo esa noche porque si no te gustaba podías cambiarte tanto como quisieras.

Hubo algunos que durmieron cada noche en un sitio diferente. Eso a mí me agotaría, tener que cambiarse con lo que conllevaba eso… acarrear tu mochila y tus trastos de aquí para allá. Yo me quedé en la primera cabaña que entre, en una cama baja que había debajo de una ventana. 

Y allí fue donde conocí a aquel niño repelente; estaba yo tranquilamente colocando mis camisetas en el cajón de la cómoda, cuando sin motivo alguno me dio una enorme palmada en la espalda, aquello me hizo perder el equilibrio, y aquellas camisetas que mi madre me había planchado y doblado con el mayor de los cariños, quedaron esparramadas como cualquier cosa por el suelo.

¿Cómo no le iba a decir algo? Y desde luego ese algo no iba a ser… ¡Hola! Muy enfadado me encare con él

-¡Tu estas tonto o que!

-¡Venga hombre! No es para tanto, las vuelves a doblar y… ¡ya!

-A ti… ¡sí que te voy a doblar! Y no te voy a decir el que

Esas palabras fueron quienes dieron el pistoletazo de salida, a un pique que duro todo el campamento.

-¡No me digas! ¿Vas a usar tu energía e inteligencia para pegarme como si fueras un orangután mal educado?

-¿Tu qué crees?

-Que podrías usarla en competir conmigo

-¡No tengo ganas!

Le dije recogiendo toda la ropa que había quedado esparcida por el suelo, la verdad no es que me vine abajo porque me diera miedo, es que aquella cara de niño repelente, me procuraba aquella sensación, la de repelerle… ¡menuda suerte la mía! Pensé, acabo de llegar y me he metido en la cabaña de los taraos.

Sin embargo aquel muchacho me desafió sin tan siquiera preguntarme, si me apetecía seguir su inútil juego.

Tomo una de mis camisetas y dijo…

-¡Haber quien tarda menos en doblar todas las camisetas!

Y… ¡Que caray! Como si fuera una máquina de doblar camisetas comenzó… ¡una… y otra, y otra más! Con tan solo dos movimientos coordinados las dejaba perfectamente dobladas.

En lo que yo apenas doble una, él se dobló todas las demás. Ni que hubiera hecho un curso en la universidad, o estuviera trabajando por las noches en una cadena comercial doblando ropa. Aquello era para quedarse de piedra.

Luego él mismo las colocó en la cómoda, y con su voz rechinante me dijo

-¡Aquí te van a comer los mosquitos! Pero si es tu gusto… ¡quédate!

Yo no le volví a dirigir la palabra hasta el día siguiente; cuando le encontré a la hora de comer, haciendo nudos marineros con el espagueti

Tenía embelesados a todos los niños que ocupaban aquella mesa, con cada movimiento de tenedor hacia un nudo perfecto…

Me senté, incluso estuve un rato sin decir la más mínima palabra, hasta que harto ya de soportarle le contesté…

-¡Con la comida no se juega!

-No estoy jugando con la comida

-Ah… ¡no!

-¡No!

-Y eso que haces… ¿qué es?

-¡Esto mi querido amigo Ramiro! Esto es… ¡arte!

-¿Cómo sabes mi nombre? Tú sí que me tienes hartito, con ese arte que tienes para hartar a la primera de cambio

Nada más decirle esto, me dejo de nuevo boquiabierto porque se levantó, extendió su mano ofreciéndomela a modo de saludo y dijo…

-Presentemos como buenos amigos… me llamo Washintong

Pero… ¡qué clase de nombre era aquel! Uno se puede llamar… Pedro, Juan, Sergio,  incluso Wenceslao, pero… ¡Washintong! Aquello era tan raro que uno de los que estábamos allí sentados lanzó un comentario chistoso en voz baja… “se llama como el gato de la vieja de mi vecina” ante lo cual todos comenzaron a reír.

Y no sé muy bien si fue por pena o por cortesía, pero le di la mano y seguí comiendo. Más que nada porque la pasta a la boloñesa fría está un poco incomible, bueno reconozco que… algo insufrible ya estaba nada más ponerla en el plato, quizás por eso Washintong se puso a jugar con ella.

Entonces se volvió a sentar, me miro, sonrió y me dijo

-¡Gracias por no reírte de mi nombre y darme la mano! Puedes llamarme Wash si lo prefieres.

Pero… ¡Como le iba a llamar Wash! Que suena a canicas o a friegaplatos.

La verdad era que podía ser un experto doblando camisetas, o haciendo nudos marineros con los espagueti, pero con respecto a los nombre era todo un desastre, y para no santificarle durante todo el campamento, y echarle un cable, porque a pesar de todo no soy mal tipo, le rebauticé como se merecía.

-¡Te voy a llamar D.C! 

-Y… ¿Por qué D.C! por lo de la capital de Estados Unidos.

-¡Podría ser! Pero… ¡no!

-Entonces… ¿por qué?

-Por… ¡Don Castigo! Por ejemplo, porque eres… ¡todo un castigo de chaval!

Y así de simple fue como Washintongpaso a ser… WashintongD.C, para todos los del campamento.

Resultó que D.C era toda una caja de sorpresas, que os iré descubriendo poco a poco.

Cuento infantil por Estrella Montenegro

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