Cuento infantil: El secreto de mamá

Cuento infantil: El secreto de mamá

Todos tenemos una madre, o al menos yo no he conocido aún a nadie que no la tenga. Pero tener una madre como la mía… no sé ni que decir, porque aún no me acostumbro a ella, de rara que a veces es.

¡Perdón! Ni si quiera me he presentado, me llamo Luis y tengo seis años; vivo con mi madre, mi hermano súper cagón, meón y llorón Gabriel, que tiene catorce meses, y mi cobaya “canicas”

Lo de deciros la edad del súper cagón en meses, es un defecto que se me ha pegado de mi madre. Porque las madres siempre dicen la edad de tu hermano pequeño con un detalle que asusta a cualquiera, llevo tiempo pensando que la calculan cuando se levantan por las mañanas.

 Lo normal es que vayas con tu madre y con tu hermano por la calle, y una señora mayor de labios requeté pintados, rulos en la cabeza tapados con un pañuelo, bolso anticuado y lunar en la mejilla o barbilla, se agache lo suficiente hacia el carro donde está tu hermano, como para verla los tres pelos que tiene en la barbilla,  a continuación le haga una carantoña al súpercagó que tengas y pregunte…

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-¡Que mono! ¿Qué tiempo tiene?

A lo que tu madre contesta, mientras intentas espantarla  como si fuera una mosca, con ademanes sutiles, haciendo creer que le está colocando la ropa, o reponiendo el chupete.

-Tiene catorce meses y  dos días…

Y solo le faltaría decir… “y cuarenta y ocho horas, tres minutos, diez segundos…” pero que no lo dice porque sabe que tu estas al lado, y si la preguntaras diría lo de siempre… “seis años” así “pelao y mondao”

Pero el otro día cansado de que mi madre lleve una cuenta perfecta de la edad del súper de mi hermano, y que a mí me la lleve por llevar, me puse a calcular concienzudamente que edad tenía yo exactamente, claro que para que fuera exacta… exacta tuve que hacer una improvisada investigación.

Necesitaba saber a… ¿qué hora, que día, que minutos y segundos nací yo? Así que ni corto ni perezoso mientras daba su reglamentario baño de espuma al súper cagón, me acerqué para preguntarla…

-¡Mamá!

-¿Qué quieres Luisito?

-¿Cuándo nací yo?

-Naciste un viernes

Me contestó y siguió frotando al cagón, imagino que para quitarle la peste esa que era inaguantable de todas… todas, pero yo quería que concretara así que insistí mientras anotaba en el cuaderno lo que me acababa de decir.

-¡Un viernes! Para empezar no está mal y… ¿Qué más?

-Sé que fue un viernes, esas cosas las madres no las olvidan, como coincidió que era fin de semana, vino todo el mundo a verte al hospital, hasta quien jamás pensé que vendría

-¡Eso es todo!

Conteste mientras la miraba fijamente, intentando intimidarla y que de esta forma  me diera más detalles del asunto en cuestión

-¡Claro que no!

Exclamo mientras ponía un poco de espuma del baño del súper en mi nariz, a mí eso me molesto un poco, para que os voy a mentir, y ya algo enfadado fui más contundente con ella.

-¡Pues cuéntamelo! O te lo tengo que rogar

-¡Veras! Aquel viernes hacía ya algo de calor, o quizás fuese que lo tuviese yo, pero lo que si es cierto es que brillaba un sol precioso en el cielo, además los pájaros habían regresado tras el largo invierno, y todas las copas de los árboles estaban agitadas por sus trinos…

-¡Qué bonito! Me parece muy bonito, pero que muy bonito, pero de lo mío, de lo que realmente me interesa no me cuentas nada. Desde que ha llegado Gabriel solo te acuerdas de él.

Conteste muy enfadado, mientras le acercaba una toalla, pues me la había pedido mientras hablaba gesticulando. Cuando la cogió di un respingo y me fui al cuarto.

Reconozco que por culpa de la rabia me puse a llorar, no podía creer que mi madre se acordara si hacia sol o no, si cantaban los pájaros, o era fin de semana con tanta claridad que asombraba, pero que no se acordase ni de la hora, ni del día, que era lo que yo pretendía saber, me dolía muchísimo y por eso lloré.

Y según lo pensaba me entraba más y más rabia, y claro con eso  también lloraba más, pero mi llanto como no es igual de insoportable que el del súper cagón, pues ni se aprecia, porque yo no grito cuando lloro como lo hace él, que parece una sirena de bomberos, o una señal de  inicio de guerra.  Porque a mí me gusta llorar en silencio, como siempre lo he hecho, y como pienso seguir haciéndolo  hasta que me haga igual de mayor que el abuelo por lo menos;  pues mama ni se enteró de lo que me sucedía.

Hasta un buen rato después, que abrió la puerta y me vio tumbado en la cama y congestionado de tanto llorar, me secó las lágrimas, me abrazó y me beso como hacía mucho que no lo hacía.

-¿Qué te pasa Luis?

-Que no sabes decirme ni tan siquiera que día nací

-¡Como que no!

Me contesto, mientras me volvía a llenar de besos y a revolucionarme el pelo creyendo que me lo peinaba con las manos. Y así sin más desapareció dejándome unos instantes nuevamente solo, porque solo fueron unos instantes pequeños, porque volvió a entrar con un álbum de fotos que abrió para enseñármelo.

En la primera foto aparecía mama mucho más joven,  en camisón dándole el pecho a un bebe, lo señalo con el dedo y me preguntó

-¿Sabes quién es este?

Yo no reconocía a ese bebe, y  por supuestísimo ni me acordaba de haberlo visto, y no era el super cagón, porque no se le parecía en nada.

-No tengo la menor de las ideas, ese… ¿es otro hermano que tengo secreto?

Mi madre comenzó a reir y me beso, para luego explicármelo todo…

-¡Eres tu! Eres tú a pocas horas de nacer, concretamente aquí tenias apenas cuatro horas, y esta era tu primera cena.

Luego me enseño otra foto y la comento de igual manera…

-Aquí apenas tenias setenta y dos horas, tu padre nos la hizo cuando llegamos a casa por primera vez; en esta una semana, aquí tres meses…

Y así continuo explicándomelas una tras otra hasta que acabó con aquel álbum de fotos por completo

-¡Mama! ¿Qué edad tengo exactamente?

-Tienes seis años, un mes y dos días -Luego miro su reloj y concluyo- con dos horas veinte minutos, o veinticinco o quizás sean los treinta exactos.

-¿No sabes exactamente cuantos minutos tengo?

-Esa es otra de las anécdotas del día de tu nacimiento, porque cuando tu naciste el reloj del paritorio estaba parado, el reloj de tu padre marcaba las ocho y veinte de la tarde, en el de la enfermera las ocho y veinticinco, pero la comadrona puso en tu partida de nacimiento las ocho y media, así que puedes ser de diez a cinco minutos más joven, o de diez a cinco minutos más viejo, pero una cosa si tienes que saber Luis

-¿Qué?

-Que fuiste el primer hijo que tuve, y que me acuerdo perfectamente de todo, y me acordaré toda la vida, y que te quiero muchísimo

Me dijo mientras me besaba otro porrón de veces, y es que las madres a veces son raras, porque si se saben tu edad así de bien, no sé porque no la dicen de la misma manera que la dicen de tu hermano pequeño.  Yo la he dado como un caso perdido y la perdono todo, porque a fin de cuentas ahora sí sé que se la sabe igual de bien, o que al menos la calcula cuando se levanta por las mañanas como la de mi hermano el súper cagón.

Cuento infantil por Estrella Montenegro

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