Cuento infantil: Aitor y su tambor

Cuento infantil: Aitor y su tambor

Cuento infantil
Si los padres de Aitor hubiesen sabido que pasaría con el regalo que le hicieron por su cumpleaños, no se lo hubieran creído.

Tan solo un regalo quería Aitor para su cumpleaños, el deseaba tener un instrumento musical. Lo dijo cada vez que le preguntaban… ¿Qué quieres por tu cumpleaños? Y él siempre contestaba… ¡Quiero un instrumento musical!

Puede que no le tomaran muy enserio, porque cuando llegó la fecha señalada sus abuelos le regalaron un tambor de juguete.

Aitor lo miró muy contento, dio las gracias y desde ese preciso instante comenzó a tamborear; también comenzó una especie de tortura auditiva para los que le rodeaban ese mismo día.

El día de su cumpleaños le dejaron tocar el tambor sin queja ninguna, pero los días precedentes no le fue tan fácil.

Su madre le decía…

-¡Aitor deja ya de tocar el tambor! No prefieres pintar con los colores

Pero él quería tamborear, y además hacerlo bien, para lo cual necesita muchas horas de entrenamiento, y su madre parecía no entenderlo.

-¡Aitor… ya está bien con el tambor!

Le decía continuamente, y cada vez más enfadada, pero Aitor se negaba a abandonar lo que tanto le gustaba. Así que busco una alternativa para que a su madre no se le levantaran aquellas migrañas tan malas, esas que le entraban cada vez que él se ponía a tamborear.

Después de pensar y pensar para encontrar una solución, decidió bajarse a la calle y tocar allí, como hacían algunos de esos músicos que él veía cuando paseaban por el centro de la ciudad.

Buscó un lugar para estar cómodo, como hacía calor se puso debajo del toldo de la panadería de la esquina de su calle, y allí mismo comenzó su particular partitura.

Pero claro a la panadera tampoco le gustaba escucharle, no se quejó lo primeros veinte minutos, pero al cabo de una hora se lo hizo saber.

-Aitor cielo… no podrías irte con la música a otra parte

-¿Por qué? ¿Es qué no le gusta la música?

-No es eso… no es eso, es que cada vez que abro el horno con los suflés, se me vienen abajo, ya he tirado una docena, comprenderás que no puedo andar tirando la mercancía porque tú toques el tambor.

Como le pareció una explicación muy lógica, y no quería que su amiga la panadera perdiese dinero, se fue un poco más lejos, se marchó a la plaza, y debajo de los olmos que había en la entrada de la iglesia comenzó a tocar.

Los pájaros cantaban más alto mientras el tamboreaba, era un concierto natural y espontáneo entre él y los pájaros, se lo estaba pasando en grande cuando el párroco se acercó.

-¡Aitor…! No podrías tocar el tambor en otro sitio, a nuestro señor le gusta la música, pero a las personas que vienen a rezar les gusta el silencio para poderlo hacer en paz ¿no te importa? Podrías irte al parque, seguro que allí puedes tamborear con algún otro niño.

¡Otra vez a cambiar de escenario!… ¡Otra vez! Nadie parecía apreciar su gran sentido artístico, por otro lado quizás tuviese razón el párroco, y en el parque hubiese algún niño que quisiese unirse a él y así formar un grupo.

Así que se fue hacia allí con más ganas de tamborear que antes, se sentó en el césped debajo de un sauce y reanudó su concierto….”¡tun…taratan… taran…turun…tun…toroton…toron…!”

Allí no parecía molestar a nadie, porque ya llevaba casi una hora tamboreando tranquilamente, cuando unos ancianos se sentaron al lado y a los pocos minutos volvieron a llamarle la atención.

-¡Muchacho… muchacho… para ya con el tambor!

Parecía que nadie quería comprender aquella pasión que llevaba por dentro, cogió su tambor cabizbajo y se marchó a casa.

Para cuando llego su madre y su padre ya estaban al día de la escandalera, que según los vecinos había estado armando por todo el pueblo. Incluso el mismísimo párroco estaba quejándose en la puerta de su casa.

-¡Este niño no para! – Decía la vecina del quinto

-¡Nos tiene atormentados!- Exclamaba la vecina del cuarto

Su madre y su padre pedían perdón con cada queja, ahora tenía que atravesar aquella manifestación que se había organizado en contra suya, entrar en casa y esperar que le regañaran, aunque no sabía muy bien que es lo que él estaba haciendo de malo, o lo que era mucho peor… ¡que le requisaran su tambor!

Así que corrió y lo escondió bien escondido para que esto último no sucediera.

Cuando sus padres hubieron calmado a todas y cada una de  las personas que fueron a quejarse a la puerta de casa, le llamaron para hablar con él.

Lo raro es que antes de hacer esto, sus padres se encerraron en el dormitorio y cuchichearon un buen rato.

Su madre le miraba con una mirada que él no reconocía como la que ella solía ponerle cuando estaba muy enfadada, y su padre tenía esos ojos interesantes que solía tener cuando había que tomar decisiones importantes.

Se esperaba lo peor de lo peor, que le castigaran de por vida sin tamborear. Fue su padre quien comenzó a hablar, mientras su madre se sentó y le cogióhaciendo que él se sentarse en sus rodillas.

-¡Aitor hijo! Esto no puede seguir así

Dijo su padre mientras su madre le abrazaba la cintura, así que pensó… “me van a condenar a cadena perpetua, y me agarran para que no me escape” no pudo contener tanta congestión de sentimientos y los pucheros le salieron solos.

Entonces su madre le abrazó fuerte, le besó y le sonó los mocos, su padre también le dio unos cuantos achuchones, y unos cuantos besos también.

-¡Aitor hijo… no llores – Dijo su padre cogiéndole ahora él en brazos, le pasó el brazo por los hombros y le hablo más bajito, casi como en secreto- ¿Sabes que vamos a hacer para solucionar este lio?

-¡Si!…- Dijo muy triste esperando lo peor

-¿Lo sabes… de verdad que lo sabes?

-¡Si…!

-¡Veamos si es así! ¿Qué es lo que pueden hacer tus padres para que todos queden contentos?

-Quitarme el tambor

Contestó muy bajito, entonces se bajó del regazo de su padre con la cabeza agachada, fue a por su instrumento donde lo había escondido, y se lo llevo a sus padres.

-No hace falta que me castiguéis, yo os lo doy sin necesidad de que me lo pidáis.

-¡Gracias hijo! –Dijo su padre cogiéndoselo- pero esta solución solo contentaría a una parte, que aunque son la mayoría, a nosotros no es la que más nos importa.

-¿Quieres que les pida perdón a todos?

-No… hijo, no tienes que pedir perdón por querer ser músico, eso no sería justo, veo que no sabes lo que tu madre y yo hemos decidido.

-Pues… me parece que no lo se

-¿Quieres saberlo?

-Si no hay más remedio

-¡No… no lo hay!

Aitor se quedó mirándoles pensando que encima se iba a quedar sin poder salir al parque, o sin vete tú a saber el… ¿qué?

-¿Qué habéis decidido? – preguntó esperando la sentencia de aquel juicio donde todos le culparon, aunque él seguía pensando que no había hecho nada malo.

-Pues… hemos decidido matricularte en una escuela de música ¿Qué te parece?

Aitor no se lo podía creer, le iban a enseñar a tocar un instrumento de verdad, abrió los ojos como platos y se puso a pegar saltos mientras besaba a sus padres  y les daba las gracias.

-¡Gracias papa… gracias mamá! Esto sí que no me lo esperaba… ¡Que contento estoy!

Tenía los mejores padres del mundo, siempre lo había sabido, se había llevado una lección, él sabía que no había hecho nada malo, pero sus padres también lo sabían. Como sabían que no era cualquier cosa sus ganas de tocar un instrumento.

Y esta es la historia de cómo Aitor llegó a ser un gran percusionista.

Estrella Montenegro

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